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Bubba la café oscuro

Foto del escritor: Rows Mera
Rows Mera
16 ene 2022
3 min de lectura

Bubba se fue.




Le salieron las alas que siempre sospeché que tenía y voló rumbo a destino desconocido para los que aún estamos vivos en la tierra, algunos creemos que es el cielo.

Fue mi compañera de muchas batallas, un bálsamo para el alma en días de tormenta, fue mi mejor amiga de cuatro patas, la que no juzga, la que no cuestiona, la que ama silenciosamente, ¿Por qué los perros viven tan poquito? Hubiera querido estar con ella toda la vida.

Tuvo una vida de perro bastante agradable, solo las primeras tres noches en casa durmió en su casita, las siguientes noches de los 9 años de vida, escogió alguna cama donde dormir a sus anchas, y cuando digo a sus anchas no bromeo, al amanecer ella ocupaba el centro de la cama.


No había una sola persona en el mundo que no muriera de ternura al verla, sus ojos de extraños tonos naranjas siempre inspiraron el apapacho inmediato.

Ella y yo dominamos el arte de leernos sin palabras, con solo una mirada.

Ella sabía lo que yo necesitaba, un lengüetazo en la cara, una sesión de juegos con la pelota o solo su compañía silenciosa.

Compartimos el gusto por la comida, la pizza fue nuestra comida favorita, yo la parte del peperoni, ella la orilla. Vivió con la obsesión por las pelotas amarillas de tenis Willson, perdía la razón al verla botar, no se cuántos tubos de pelotas le compramos. Jugamos a las escondidillas, yo me escondía en el closet, detrás de la puerta, debajo de las cobijas y ella siempre me encontraba. No se porqué ese juego me hacía sentir nervios.

Conoció las olas del mar en Casitas una playa de Veracruz, se divirtió junto con mis hijos entre la espuma del mar, corriendo cada vez que venía una ola.

Disfrutó de los paseos en coche, le gustaba sacar la cabeza por la ventana para sentir el aire fresco, verla disfrutar del viento y de los paseos sin mayores pretensiones, mas que estar con nosotros fue una de las tantas lecciones que me dio.


Amó a su manada, a cada uno conocía y lo abordaba de diferente forma, ella sabía que conmigo podía hacer cualquier cosa, que yo era experta en mal educar perros y ¿saben que? Fui feliz malcriando a mi Bubba. Cuando llegó de 3 meses a la casa, un entrenador de perros me dio clases para saber cómo “educar” a un perro, mismas que evidentemente no atendí; cuando paseábamos en el parque literalmente me arrastraba por los jardines. Ella me sacaba a pasear a mi.

La enseñé a buscar dinero entre las bolsas, era buena en eso, lo único que se me olvidó, fue enseñarla a no comerse el dinero una vez que lo encontraba, se lo comía como golosina. Recuerdo la vez que se tragó como dos mil pesos en billetes de diferentes denominaciones, los había encontrado en una bolsa de regalo por el cumpleaños de Mirelle.

De punta a punta fue, fuimos, fui feliz a su lado.

Ahora ya no tengo a esa perra enorme de 40 kilos esperándome afuera de la regadera mientras me baño, cuando llego a casa ya no hay una explosión de alegría por mi llegada, ya no tengo que comprar kilos y kilos de zanahorias para darle de snack. Cuando se fue, le pedí me esperara en el cielo a donde seguramente está al lado de mi amada Cot. Ojalá que en ese lugar hermoso haya muchas zanahorias.

Estoy bien, pero extraño las toneladas de pelos que dejaba a su paso, sus lengüetazos en la cara, los coletazos que dolían como látigo en las pantorrillas, los besos que le daba, y el ruido de la lagartija verde, su juguete favorito con el cual jodía todo el bendito día.

Duele el silencio, duele la ausencia, duele el corazón, pero más duele ver sufrir a ese ser que no te puede decir, me siento muy mal y no poder hacer nada por ella. Dejarla ir ha sido una decisión tremendamente difícil, y quiero creer que fue lo correcto. Me consuela saber que conoció lo mejor que puede dar el ser humano, nunca fue maltratada y jamás tuvo hambre ni sed, vivió en la reciprocidad del amor.

Buen viaje mi peluda y amada Bubba ya nos encontraremos otra vez, te quedas en mi corazón por siempre.

 
 
 

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