Romperse como trencadís

La vida te rompe o te estrella o te despostilla. Siempre lo hace, probablemente es una de sus funciones.

Algún día te das cuenta, cuando apagas tu teléfono y el silencio entra por cada poro de la piel, que se te rompió el corazón como un vaso que se cae de la mesa y se hace añicos, se te rompió una ilusión que acariciabas como el lomito de tu gato, te rompió el alma el regreso al cielo de alguien amado y ahora no sabes cómo vivir; te rompió la partida de tu mejor amigo, ese peludo que te recibía al llegar a casa con tanta alegría, con ronroneos o lengüetazos, te rompió el trabajo que no se concretó, el fraude bancario, el engaño, una mentira, una traición, una mirada llena de desamor y falta de brillo... sí eso rompe.
He estado trabajando en la remodelación de un muro llorón, de esos que escurren agua sobre la pared tranquilamente sin salpicar y calman el ánimo alborotado, yo tengo uno que casi nunca llora porque está mal instalado y salpica con chisguetes direccionados por todos lados. Es un muro triste, de tonos cafés y gris, sobrio y aburrido.
Pensé en darle algo de alegría y color al espacio y forrar ese muro con un enorme sol saliente, cobijado con un cielo azul turquesa, utilizando la técnica de trencadís creada por Antoni Gaudí, el gran arquitecto de La Sagrada Familia.
Rompiendo cada mosaico entero con un martillo para conseguir pequeñas piezas, me di cuenta de que nacemos completos, brillosos, inocentes, puros, confiados y las circunstancias del destino, de la vida, de nuestras propias decisiones, nos agarran a martillazos hasta hacernos pedacitos y nos revolvemos entre la gente también hecha pedazos, por sus propios golpes, por sus tristezas y sus decepciones, por sus carencias y dolores y nos convertimos en un enorme rompecabezas sin forma ni combinación, y vamos por ahí caminando entre las calles, mirándonos con desdén, con prisa, miles de pedazos de personas que alguna vez estuvieron... estuvimos completos.
Hasta que un día decides... decido, reconstruir tu mosaico, mi mosaico interior; echar un vistazo al alma, ver que tan rota se encuentra, tomar cada pedazo, separarlo con amor, por colores, por tamaños, ponerlos en una cajita para que estén listos y ¡qué importa! si en el proceso te astillas un dedo y sangra y ¡qué importa! si duele la rozadura de piezas filosas y sientes miedo de cortarte, igual hay que enfrentarlo con mucha paciencia, reconocimiento, aceptación y amor, probablemente sin darte cuenta, sin darme cuenta, esos pedazos rotos ahora formen parte de un enorme sol, o de un cielo azul turquesa que lo cobije cada mañana y volvamos a ser piezas completas a partir de pedacitos sin forma, como el trencadís de Antoni Gaudí.




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