El de la esquina
- Rows Mera

- 25 mar 2024
- 4 min de lectura
¡Pobre! todo el mundo lo presiona tanto, siempre tiene los ojos furiosos de alguien encima.
A lo lejos veo que brilla su luz siempre roja, aún me faltan 500 metros para llegar a él y el tiempo en mi reloj avanza tan rápido y yo avanzo tan lento.
Por fin me acerqué a él y mi mirada trata de persuadirlo para que cambie a verde, la mirada del que está a mi derecha, del que está a mi izquierda, el de adelante y el de atrás también, todos lo vemos con el ceño fruncido, apurando sus segundos como si por nuestra mirada el tiempo corriera con más prisa, movemos las piernas nerviosamente, golpeamos el volante con la palma de la mano, mordemos nuestras uñas, nos arremolinamos en el asiento y saltamos de canción en canción, tratando de encontrar algo que nos suavice el tiempo que se pierde en cada esquina de esta ciudad, que por las noches se colorea de más luces rojas que verdes.

Me enojo con él y lo maldigo, pareciera que es el objeto ideal para descargar mis frustraciones e ira. Después de 10 minutos en la larga fila estoy frente a frente y lo veo alto, implacable, flotando entre los autos, entre nubes invisibles de ozono, entre olor a gasolina, a drenaje profundo y a humo de cigarrillos, si el pudiera oler los aromas de la ciudad, sentiría asco todo el día.
El de la esquina vive junto a un puesto callejero de carnitas, el puesto está frente a otro puesto de jugos y una coladera con la tapa mal puesta, por la que puede caer un despistado. Pasa sus días entre un par de policías con casaca amarilla fluorescente que no paran de silbar, si tuviera cabeza seguro le dolería la mitad del día; lo veo de cerca y es mucho más grande de lo que parece.
Hoy pasé donde mismo como cada mañana y volví a pensar que es un objeto desesperante, su luz roja dura una eternidad, la verde dura un chasquido, tal vez por eso me alegró ver su desgracia: estaba chocado, seguramente un borracho nocturno le lanzó la carrocería encima.
En tanto que espero y avanzo a cuenta gotas, pasó un perro callejero lo olfateó un par de segundos y le lanzó un chisguete de orina, alguien más lo usó para apagar el cigarro, tiene cientos de marcas de ceniza y unos cuantos chicles de colores pegados en su pedestal corroído verde olivo, esta suerte seguro la corren los que están en Insurgentes y Reforma, los de Patriotismo y Revolución o los del paradero de Indios Verdes.
Pero este semáforo es particularmente especial para mi. Mientras yo bebía mi café matutino el que me tomo mientras conduzco al trabajo y me armaba de paciencia avanzando tan rápido como un caracol, el destino, la vida o el universo quien quiera que sea que está al mando de nuestros destinos me darían la alegría más grande en meses, ¡no! quizá en años, una oportunidad para volar como una pluma al viento con mi imaginación y escapar de esa avenida de caos, al mismo cielo con las estrellas...¡Era él! ¡Sí!, el del carro de mi izquierda ¡era él!... el gran amor de mi vida, por fin lo había encontrado, tanto buscarlo en Tinder, tanto cuestionarme si había en el mundo alguien para mi solita, tantos días rogando por encontrarme con ese ser perfecto, y estaba ahí, justo a mi lado.
Fue entonces que cerré los ojos solo por unos momentos (al fin que nadie se movía ni un centímetro) y ahí en el mismo paraíso terrenal estábamos el y yo, frente a frente tomados de la mano, rodeados por amigos y familia, mi gran amor vestido con un impecable smoking negro y yo con un hermoso y elegante vestido de novia corte princesa de encaje victoriano y un gran velo con pequeños cristales que destellaban en cada movimiento, frente al mar de mi Acapulco, presenciando un atardecer de tonos violetas. Y como el tiempo del semáforo tarda una eternidad, me dio tiempo de imaginar la luna de miel, en un crucero por el mediterráneo, despertando en sus brazos viendo el azul del mar de Cinque Terre o la costa de Amalfi desde la ventana de mi habitación. Me vi, nos vimos cenando a la luz de las velas, caminando de la mano por las calles empedradas de Palma de Mayorca siempre juntos, enamorados, felices. Me vi, nos vimos viajando por el mundo, envejeciendo tranquilos sentados frente al mar.

Pero el, el amor de mi vida no me había visto aún, así que de inmediato comprendí que mi futuro corría un grave riesgo de no suceder jamás, el estaba distraído con su celular y no se daba cuenta de mi presencia, no sabía que yo, el amor de su vida estaba justo a su derecha, así que inicié una serie de maniobras para atraer su atención: dicen que si ves a otra persona fijamente y le comandas una orden mental, el receptor lo entiende de inmediato, y con el poder mi mente le dije, "mírame guapo estoy a tu lado", el mantra lo repetí como 6 veces y no funcionó, el seguía atrapado por su estúpido celular, me sentí ridícula por un momento, pero con todo y mis vergüenzas toqué el claxon, bajé la ventana y le subí a la música, llamé al limpia parabrisas al que siempre corro con una mirada fulminante, pero nada conseguía que sus ojos me vieran y cuando por fin dirigió su mirada hacia mi en un fugaz instante, aquel maldito se puso en verde y lo perdí, lo perdí para siempre.
Por eso a el de la esquina disfruto mucho verlo chocado, orinado y vomitado rodeado de ruido, olores nauseabundos, tiznado, llovido y asoleado, fundido y pegoteado de chicles masticados y por eso lo castigaré con mi ausencia y mi desprecio. Quiero que sepas semáforo del tercer mundo, que esta es la última vez que paso por aquí, esta es la última vez que me tendrás esperando a tus tiempos, enloqueciendo de a poquito, porque has destruido mi prometedor futuro con el amor de mi vida.
Mañana me iré por la otra avenida y mis ojos mirarán a otro semáforo y entonces morirás de tristeza, quién sabe si el amor de mi vida también se harta de ti y se va por la misma calle que yo; ruego que el nuevo semáforo sea más benevolente conmigo y su luz roja dure un poco más que la tuya.




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