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El cajón en donde todo lo guardo

  • Foto del escritor: Rows Mera
    Rows Mera
  • 10 mar 2020
  • 4 min de lectura

Tengo un cajón en donde todo lo guardo.


Es bien sabido que todos los cajones guardan pequeños secretos y algunos tesoros.


Había comprado en Six Flags un estuche para guardar mis lentes de lectura, bonito, de color rosado, diferente. El tema aquí es que ya tenía el estuche, pero no tenía los lentes. Pensé en buscarlos en cuanto llegara a casa y descansara un poco.


Hace mucho tiempo que tengo los lentes y aunque nunca los uso, sé que en alguna bolsa o cajón están olvidados.


Solo hay dos posibles lugares en los que podrían estar, alguna bolsa de mano o en mi cajón; en las cuatro bolsas que tengo no los encontré. Así que después de un suspiro profundo y apretar mis labios en señal de fortaleza, abrí el único cajón en donde seguramente se encuentran… el cajón de mi mesita de noche.


De tal manera que en un arrebato de valor y con la ceja izquierda levantada, lo abrí intempestivamente, resignada a pasar las siguientes dos horas tratando de ordenar el caos de ahí dentro. Pero mi cajón estaba atorado, intenté abrirlo una y otra vez con fuerza, haciendo que la lámpara, el celular, los libros y mis anillos cayeran al suelo por el jaloneo.


Decidí ir por el bote de basura y una taza de café, eso me iba a tomar más tiempo.


Lo que atoraba el cajón era un estuche lleno de lápices de dibujo; alguna vez los compré junto con un cuaderno y unas gomas, pretendía pasar mis ratos libres en algo que aprendí en el taller de dibujo cuando estaba en la preparatoria, pero… ¿cuáles ratos libres? si cuando tengo algún momento disponible, me tiro en la cama y pierdo la conciencia en menos de veinte segundos.


Muy arriba de la montaña de cosas, encontré una cartera que mi mejor amiga me regaló cuando cumplí los cuarenta. Ya la había usado mucho tiempo, pero no tenía ganas de regalarla y mucho menos de tirarla, así que decidí que sería el estuche ideal para guardar las fotos tamaño infantil y tamaño pasaporte que sobran cuando te las tomas, compras diez y te piden una. Y ahí están todas esas pequeñas fotos escolares desde primero de kínder. Si cuento tan solo las de mi hija, los seis años de fotos de primaria, tres de secundaria, tres de prepa, más las de mi hijo, más las mías, y me pregunto: ¿qué carajos se hace con las fotitos?, no las puedes tirar, tampoco las puedes poner en un álbum porque ni modo de poner 8 iguales... tal vez un ¿collage? sí, algún día, cuando tenga tiempo.


Debajo del estuche estaba un folder con los mejores trabajos de mi hijo cuando estaba en el jardín de niños, lo supe por la etiqueta con el nombre y la gran estampa de Spiderman en la portada. Un folder más con todas esas fotos que nos tomaron en las fiestas infantiles y otros eventos sociales. Las revisé una a una. Algunas de ellas están bien tomadas y en algún momento pensé en conseguirles un gran marco para colgarlas en la pared, y de pronto me detengo a reflexionar sobre todas las cosas que ocurren con el paso del tiempo y que se quedan eternas impresas en un papel.


En una de esas fotografías estaba el primo recién casado, feliz, vestido elegantemente de riguroso negro con un ramillete de azahares en la solapa y ella… la novia, con un hermoso vestido adornado con detalles en perlas y una tiara discreta y brillosa… feliz. A su lado nosotros muy elegantes. Ellos ya se divorciaron. El primo se volvió a casar y hasta hijos tuvo… ¡y yo sigo guardando la bendita foto del primer matrimonio… ¡no lo puedo creer!


Apareció un juego de llaves, nunca supe qué puertas abren.


Entre los papeles había una diadema con pequeñas rosas de papel aplastadas que me compré en Xochimilco alguna vez que fui. Y la última vez que fui a pasearme por esos canales de aguas verdes, lirios, flores y mariachis, fue en mi cumpleaños cuarenta y tantos.


Hallé tres abanicos… (aunque aún no sufro bochornos sépase bien), pilas nuevas o ¿usadas?, el spray para el asma, mi licencia vieja, estampas de la Virgen, separadores sin libros y libros sin separadores, chicles de canela, libretas que me regalan mis hijos, que a su vez se las dan en la escuela con cupones de descuentos, más fotos, ideas para escribir que se quedan a medias, el collar rosa con la placa de mi querido Puchi (que en el cielo de los perros esté), dos chips nuevos para celular, billetes de Monopoly, tres relojes que nunca usé, medicina, el dólar de la suerte que debería estar en mi cartera, un costalito con pennys y chocolates para las emergencias. ¡Uff!


Y de pronto me doy cuenta de que en ese cajón he guardado mi vida completa, porque están los recuerdos de mis hijos que ya crecieron, billetes de mi juego de mesa favorito, el que jugaba con mis niños los viernes por la tarde, los abanicos que me compré en paseos hermosos, la “Libreta de Agradecimientos” donde escribo solo lo bueno que me pasa, los chocolates que no quiero compartir porque son mi placer culposo, mis libros favoritos que algún día voy a releer, las libretas de papel reciclado que hacía mi hijo con sus pequeñas manos y que luego me las vendía carísimas, la medicina que cura mis males , las imágenes de la fe que me inculcaron y a la que con frecuencia recurro.


Y aunque no solo hay recuerdos, también hay sueños escritos en papeles sueltos, que se perderían si no se quedan ahí guardados. Y hoy me pregunto, ¿cuánto más voy a guardar en ese cajón?, ¿para cuánta vida tendrá capacidad?, ¿cuántos secretos más le caben?, ¿cuántas memorias?, ¿cuántos sueños?, ¿cuántos antojos?... espero que muchos, ojalá que muchos.


En el cajón en donde todo lo guardo, también encontré una nota escrita apresuradamente sobre un papel, con un mensaje de pistas… pero esa es otra historia.


Y, por cierto, los lentes no aparecieron.

 
 
 

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