Memorias Guardadas
- Rows Mera

- 25 feb 2020
- 9 min de lectura

Si existiera una máquina del tiempo para traer de regreso el pasado y ser testigos silenciosos de algunas vidas, tal vez podríamos entender mejor quienes somos y de dónde venimos. Esta es la historia de tres personas que cruzaron su camino y enlazaron su destino.
Felícitas Isabel aún era una niña cuando conoció a Tomás.
Era una tarde calurosa del verano de 1917, en el pueblo de Jocotitlán en el Estado de México, a Chabelita como la llamaban cariñosamente, su madre la había mandado por las tortillas, ya que se acercaba la hora de la comida, le había encargado cinco docenas y a cambio de las tortillas llevaba unos huevos rojos, que recién había recolectado de las gallinas que tenía su madre en el corral. Le encomendaron que no se tardara mucho, porque ya tenían los frijoles negros guisados con epazote listos.
Chabelita, emprendió el camino al mercado del pueblo que quedaba a diez minutos a pie, tenía que atravesar el arroyo que pasaba por la esquina de su casa, subir por un puente de madera que rechinaba con cada pisada y pasar por un camino arbolado que sombreaba en algunos espacios. Iba feliz, observando el paisaje que siempre le llenaba los ojos de color verde, escuchando el canto de las aves, sintiendo el aire fresco que le despeinaba la frente, imaginando que algún día sería dueña de un puesto de fruta como el de doña Carlota que vendía los duraznos y guanábanas más grandes que jamás había visto.
Entretenida en sus pensamientos casi a unos pasos del puesto de las tortillas y tlacoyos hechos a mano, casi se topaba de frente con un joven alto delgado de piel morena, bigote bien cortado, ojos negros y expresivos. Él, Tomás la vio pasar. La siguió con la mirada y después fue tras de ella, sigilosamente para no asustarla. Le había llamado la atención su cabello largo a la cintura negro y lacio, su falda color azul turquesa hasta las rodillas que se movía con cada paso apurado y sus guaraches que dejaban ver unos pies estilizados con dedos largos, aunque siempre los llevaba desabrochados.
Así la siguió hasta su casa, escondiéndose entre los árboles siguiendo el camino recorrido por aquella niña linda, quería saber quién era, en donde vivía, quién era su familia, cómo era su casa. Había surgido en Tomás la necesidad de saberlo todo de ella.
Cargando las cinco docenas de tortillas, Isabel llegó a su casa, su madre, ya la esperaba con sus hermanas sentadas en la mesa y el jarro de barro hirviendo sobre el fogón. Tomás ya no pudo saber nada más ese día. La puerta de madera que rechinaba cada vez que se abría, se había cerrado detrás de ella y Tomás solo pensó que ya sabía dónde vivía la chica más hermosa de todo Jocotitlán y que alguna tarde, la volvería a ver. Se sentía afortunado.
Al día siguiente, Tomás estaba listo cerca del mercado, a la misma hora, rogaba para volver a ver a Isabel, esta vez ese apuesto muchacho sostenía entre sus manos un ramillete de mirasoles violetas que había conseguido a la orilla del arroyo y que había arrancado de la tierra esperando que esas flores tan sencillas pero hermosas fueran del agrado de Chabelita. Pero aquella tarde no había tenido tanta suerte. Chabelita, no había aparecido por el mercado. Pasaron cuatro días de mala fortuna para Tomás, cuatro días cortando mirasoles a la orilla del río, cuatro días a la sombra de un gran pirul que lo resguardaba del sol de esas tardes veraniegas, cuatro días sin suspiros profundos. Era el día número cinco cuando a lo lejos la vio acercarse.
De inmediato una oleada de frío lo recorrió por todo el cuerpo, haciendo que su piel se enchinara, preparó el ramillete que esta vez era de margaritas, para entregárselo en cuanto ella pasara, pero la emoción lo dejó paralizado. Pasó Chabelita apurada con la canasta de huevos que daría a cambio por las tortillas. Devolvió sus pasos para regresar a su casa, pues en el fogón hervían los frijoles, pero en un arranque de valor a medio camino, Tomás se atrevió a llamarla.
-Hola muchacha-
Felícitas Isabel volvió su cabeza para saber quién la saludaba, pero no contestó ese saludo, apuró su paso y llegó con su madre para comer. Pero Tomás no se dio por vencido tan rápido. Esperó afuera cerca de la casa de Chabelita, había decidido conocerla, así que tomó una varita seca para hacer dibujos sobre la tierra y así esperar a que saliera a darle de comer a las gallinas. No pasó mucho para que Chabelita saliera con restos de tortillas a alimentar a las gallinas y a los tres guajolotes que había en el corral. Cuando al verla se puso de pie Tomás como si hubiera sido impulsado por un resorte y se acercó hacia su casa.
-Hola muchacha- repitió la misma frase, te vi desde el mercado y te seguí, ¿cómo te llamas?
-Mi mamá no me deja hablar con desconocidos- dijo Chabelita
- Entonces dejo de ser un desconocido- dijo Tomás. Le extendió la mano derecha, aunque en realidad era surdo y se presentó:
-Soy Tomás Mera – y mostrando una blanca sonrisa la miró a los ojos.
Pero Chabelita nunca había conocido a ningún muchacho, eso era extraño para ella y no le fue fácil poder ser más amigable, un rubor inesperado invadió su cara y sin responder a ese saludo de mano, solo le dijo a Tomás:
- Mi nombre es Felícitas Isabel y ya vete porque me va a regañar mi mamá si se da cuenta- le dijo al mismo tiempo que acarreaba pollitos hacia la jaula.
Pasaron los días y la misma rutina se repitió por semanas, por meses y con breves conversaciones. Una tarde ya del invierno, salió Isabel a alimentar las gallinas y se acercó Tomás para platicar con ella. Aunque una cerca de alambre los separaba. Tomás pensó que sería bueno poder tomar su mano, así que metió su mano derecha por un hueco de la cerca y decidió acariciar sus dedos, y fue justo en ese momento mágico en el que la electricidad invadió sus cuerpos y sus almas, se dieron cuenta de que se habían enamorado. Con un simple roce de sus manos.
Llegó la primavera y con ella el matrimonio entre Isabel y Tomás. Una mañana a las diez se prometieron estar juntos para siempre, ella vestida con un traje de novia de popelina blanca hasta los tobillos y un aro de flores sobre la cabeza, él con un traje negro y camisa blanca bien planchada.
Los sueños de Chabelita de ser la dueña del puesto de frutas más grandes en el mercado de su pueblo habían quedado atrás. Ahora su obligación sería solamente acompañar a su esposo a donde él fuera y fue entonces que se la llevó a la Ciudad de México, a vivir en un lugar muy diferente al que ella estaba acostumbrada.
En aquella ciudad, no había tantos colores, tantos árboles, tantas aves. Ni un campo donde correr, ni en su nueva casa había un corral donde criar gallinas y guajolotes, pero la vida al lado de su amado Tomás aun así era buena. Llegaron a aquella vecindad de Mina número 59 en la Colonia Guerrero y ese lugar fue testigo de incontables historias. Con los años llegaron los hijos. Tomás y Chabelita tuvieron cinco: Teresita, Manuel, Pepe, Jorge y Beto, que los llenaron de alegría, pero también mucho trabajo y también de muchas carencias.
Y la vida pasó complicada, fueron muchos años, de vivir al límite de las circunstancias, a veces había dinero solo para hacer una sola comida al día, los niños pequeños vestían las ropas heredadas de los hermanos mayores, aunque el último hijo era el que menos estrenaba y al que le tocaba la ropa ya muy deslavada.
Las hermanas de Chabelita, Gabina y Lucha habían decidido casarse también y llegar a vivir a la misma vecindad de Mina, eran como una gran familia. Ellas habían quedado viudas con hijos pequeños. Cuando había para comer en una casa, en la otra no, así que entre familia se apoyaban y nadie se quedaba con el estómago vacío. Los hijos de una mujer y de la otra, todos primos, se divertían en ese patio largo que era coronado por la imagen de una Virgen de Guadalupe, que siempre tenía una veladora prendida y que era adornado con largos tendederos y decenas de pinzas de madera. En los corredores había macetas de barro con geranios, rosas, y hortensias. En diciembre ponían faroles de papel multicolor a los focos y guirnaldas blancas a lo largo del pasillo para festejar el 12 de diciembre.
Era una vecindad con vida, los departamentos cuyas ventanas eran tapadas con cortinas de encaje que de ser blanco por el sol y por el tiempo habían tomado un tono color paja. Había una fila de lavaderos siempre ocupados por las hermanas y otras vecinas que tenían que lavar la ropa de tantos hijos. Por las tardes el patio se convertía en un campo de futbol, el silencio se rompía con llantos, gritos, pleitos entre los niños, regaños de las madres. Las macetas con geranios floreados eran quienes más sufrían los embates del balón casi ponchado que los primos se encargaban de romper, aunque eso le costara un jalón de orejas al culpable. La vida era apretada, pero era buena. Tomás cada tarde se convertía en un niño más que tiraba las macetas, jugaba con sus hijos y sus sobrinos hasta que el grito de Chabelita lo hacía regresar a la realidad.
-¡Ya métanse que hace frío!- y sin más sabía que era hora de entrar. Adoraba adornar la vecindad para la noche mexicana, era de sus celebraciones favoritas.
Una tarde de septiembre llegó Tomás a su casa. Se sentía cansado, no quiso cenar su café de olla y su concha de vainilla que siempre le pedía a Chabelita. Se fue directo a la cama con dolor en el cuerpo y los ojos llorosos. Una tos insoportable, molesta, lastimosa, lo acompaño los últimos días de su vida. Tomás había contraído tuberculosis y aun no estaba disponible una medicina que lo salvara.
Fue mucho más difícil para Manuel el hijo mayor de Tomás, el que se parecía más a él, ver a su padre así. Su mamá no le permitía acercarse a él por miedo a que fuese contagiado.
Mientras él descansaba en su cama, Tomás y Manolito como le llamaba cariñosamente su papá, solo se podían ver a los lejos, aunque ellos lo único que querían era fundirse en un largo abrazo y que Tomás le dijera a Manuel que todo iba a estar bien.
Fueron días duros para todos. A veces Tomás tomaba fuerza para levantarse y caminar por ahí, otros días solo dormía. Uno de los días en los que Tomás sintió ánimo, pidió a Chabelita fuera a comprar papel china de colores, hilo, pegamento y palitos de madera al mercado, había pensado en enseñar a Manolito a fabricar un papalote de esos grandes y hermosos que son de colores.
Así que cubrió su boca para no toser junto a su hijo y lo enseñó a armar un gran papalote azul con rojo que luego de muchos intentos lograron volar por los aires y ver cómo se movía al ritmo del viento, llevando las miradas hacia el cielo, gritando de emoción y alegría. Así pasaron felices una tarde inolvidable.
Y en una tarde de viento incesante en la que la hojarasca de los árboles recorría aquel largo patio de la vecindad, una tarde en la que los niños no salieron al patio a jugar porque les dijeron que no debían hacer ruido, el llanto ahogado de Chabelita rompía las plegarias a la Virgen, Tomás recostado en su cama y entre los brazos de su gran amigo y primo Mellos alcanzaba a decir muy lento casi en un susurro:
- Mellos cuida a mi Manolito - y Tomás un 5 de mayo del 1945, se fue.
En las noches Manuelito se paraba a encender la luz del cuarto, sentía miedo. Ahora el sería el hombre de la casa, el que tendría que cuidar a su madre y a sus hermanos, el que tendría que salir a conseguir dinero para ayudar en algo. Y así lo hizo, vendió peines en el mercado de Martínez de la Torre de la colonia Guerrero a las señoras que iban por su mandado, lavó carros, hizo mandados, hizo mil cosas para ayudar a su madre. En las noches peleaba el mejor lugar de la cama a su hermano Pepe, que en realidad era un colchón viejo que tenía los resortes botados y que servían de almohada. Y así, pasó la infancia un tanto apresurada por las circunstancias, una vida lenta sin Tomás, pero al lado de Chabelita.
Chabelita trabajo en lo que pudo, consiguió trabajo lavando con lejía los uniformes de los ferrocarrileros de la estación de Buenavista y luego como costurera, arreglando la ropa de las empleadas amigas de su hija que trabajaba en la fábrica de chicle Adams. Algunas veces el cansancio se apoderaba de su cuerpo y caía dormida sobre la máquina de coser.
Manuel creció y se casó, nunca descuidó a Chabelita, hasta el último momento.
Y ahora el recuerdo de la vecindad de Mina en la Guerrero, la historia de sus padres y sus sensaciones de la infancia, son unas anécdotas interminables, que les cuenta a sus nietos en las noches de desvelo.
El pueblo de Jocotitlán, el Mercado de Martínez de la Torre, la Ciudad de México con tranvías, el río Magdalena que siempre le causaba asombro, aquel papalote que voló con su papá, son sus memorias guardadas, pero también son las mías, porque Manuel es mi papá, el que nació de la historia de amor entre Tomás y Chabelita, el hombre que con sus historias me lleva a los años 40, 50, 60, 70… el hombre que me heredó el gusto por los libros y por las largas caminatas para pensar, ese niño Manolito es mi padre, esa Mujer llamada Chabelita fue mi abuela y el abuelo Tomás al que conocí y amé a través de las historias.




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