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¿Quién es el Señor Fresno?

  • Foto del escritor: Rows Mera
    Rows Mera
  • 7 nov 2019
  • 2 min de lectura


El Señor Fresno es mi viejo amigo, el otro día lo escuché decir que lo que más lo hacía sufrir era el invierno, porque se le caen las hojas y lo peor del caso es que no se puede mover a climas más cálidos, como lo hacen las mariposas que a veces se posan en sus ramas, así que tiene que aguantar estoicamente cuatro meses de heladas nocturnas.


El Señor Fresno es un árbol de la especie Fraxinus uhdei, sembrado por allá del año 1910 por el "Apóstol del árbol" Miguel Ángel de Quevedo y Zubieta. Vive en un predio de 39 hectáreas entre ardillas, truenos, pinos, acacias, jacarandas, cedros, ahuehuetes y otros fresnos, cuyas amistades no conozco.


Según nuestras conversaciones, llegó pequeño y tierno, con un tronco tan flaco que podría quebrarlo un niño, sembrado en tierra de hoja y arropado por una minúscula maceta de barro.


Aquel predio a donde llegó era de una sola hectárea, Don Miguel Ángel de Quevedo y Zubieta, eterno enamorado de la naturaleza y de las mañanas frescas, un día decidió donar y arbolar un rústico terreno del Rancho Panzacola. Años más tarde Don Porfirio Díaz, al ver aquella hectárea tan llena de vegetación, donó 38 hectáreas más, convirtiendo el lugar en el primer vivero forestal de la Ciudad de México.


El señor Fresno está acompañado por el cause de Río Magdalena, que corre paralelo a Avenida Universidad, su trayectoria viene bajando de Los Dinamos, con agua no tan cristalina a esas alturas.


Mi historia con el Señor Fresno, se remonta a los amaneceres de frescor citadino por los Viveros de Coyoacán. Es el árbol del cual se abrazan los corredores para estirar las piernas, tan bien plantado, fuerte, de tronco grueso e inquebrantable.


Un día me ofreció alivio cuando llegaba agitada después de dar un par de vueltas al circuito de 2 kilómetros, no me di cuenta de su presencia hasta que me recargué en él, lanzando una mirada hacia arriba, vi su frondosa copa, en donde jugueteaban un par de ardillas.


Quizá pocos lo noten, la mayoría de los corredores llegan apurados al parque para realizar una rutina y luego salir rápido para irse a trabajar, ni siquiera saben que está ahí.


Algo pasó aquella mañana de abril, que me llamó a mirar al cielo y descubrir su majestuosidad, su fuerza, su abrigo, su calma y su refugio.


Desde ese entonces somos amigos, y lo presumo cada que puedo. El Señor Fresno es un árbol, y es mío.

 
 
 

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